miércoles 31 de marzo de 2010

para tirar veintes

Hay que dejarlo claro. Están los proyectos y están las empresas. Las empresas muchas veces empiezan como proyectos, es natural. Aunque muchas veces las empresas empiezan como empresas: buscan una inversión importante, o varias, y arrancan, digamos, desde un punto más avanzado de estructura y administración. Los proyectos casi nunca. Se empieza a volver costumbre intentarlo así: tener un proyecto y plantearlo como empresa. No creo que esté mal. La idea, que quede más claro, siempre es salvar al mundo o hacer del mundo un lugar más habitable o, posmodern, que pase como debiera pasar para los que accionen los botones (que nosotros mismos diseñemos).

Pero bueno, lo que quería escribir o describir, era que los proyectos empiezan y se acaban. Los proyectos tienen cierto rating y cierto impacto. Con los proyectos, muchas veces, se busca eso: de eso se tratan: de proyectar algo. Muy bien. Las empresas, por lo general, no brillan mucho: brillan sus proyectos, brilla su gente, brillan sus genios. Pero la empresa, tal cual, es un espacio, a veces parco, un edificio, un cuarto –la cabeza de alguien no–. La empresa es ese espacio con personas –o máquinas, pero mínimo una persona– donde se hacen, desde idear hasta facturar, cosas. Las empresas pueden proyectar muchas cosas, pero además, gracias a sus complejas estructuras y relaciones, pueden entablar mecanismos particulares de engranaje en los que se adecuen otras ideas y como salida (output) tengamos una proyección. Las empresas son más como fábricas.

Nosotros, por ejemplo, somos una empresa editorial. Lo olvidaba, empresa: emprender.

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